domingo, 23 de abril de 2023

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F ha dejado la ciudad. La comunicación con ella se vuelve más escueta. Publica un par de fotografías a la entrada de pequeñas ciudades costeras. Siempre sonríe. Todos sus mensajes son cálidos y distantes.
Cosa absurda, anhelo salir a recorrer los parques, a saciar la sed en las cantinas mientras afuera llueve, pero todo está cerrado y la simple idea de tomar un autobús que tarda dos horas en recorrer los 75 kilómetros que me separan de Estridentópolis me causa una abulia que me hunde en el centro de la casa. La casa, una forma rimbombante de llamar al departamento en que vivo, que a su vez es una forma rimbombante de llamar a esta forma de dejarse arrastrar hacia el abismo de la muerte.
F ha dejado la ciudad. Yo escribo que en mi entraña crece una planta carnívora que todavía no se decide a devorarme.
F ha emprendido un viaje del que no me ha dicho nada. Del que no pienso preguntar nada, aunque la curiosidad sea un roedor que afila sus dientes sobre la suave madera de mi calma. Sospecho algún amor extraño. Un negocio turbio. Y me estremezco. Pero lo mismo podría ser una misión humanitaria al fondo de la civilización, una labor evangelizadora.
La planta carnívora acaba de arrojar una moneda al aire. Pido cara, la caída se prolonga por días. Para la espera, ofrezco bocadillos de mí mismo al anhelo.
 
06/2020

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