Llueve. Quiero decir: la lluvia no cesa en su caída.
Quiero salir de casa, pero llueve. Saltan gatos, asustados, a mi paso, de sus inconcebibles escondites. Dejan las escaleras sembradas de excrementos, orinan las verduras que cultivo.
Para recordar que debo limpiar la maleza del patio, afilo el machete. Mientras paso la lima por el filo del acero, recuerdo que la mala hierba ha crecido descontrolada, y un escalofrío me recorre al imaginar la mordedura de una serpiente apenas dado el enésimo machetazo.
Repito un verso de Hernández que dice 'más allá de la línea del horizonte, alguien le venda el cráneo a la locura' y pienso en la futilidad del acto y en la belleza de la imagen que evoca. Quisiera estar delirante y a salvo de mí mismo, pienso en F, que ha vuelto a su ciudad a través de la lluvia.
Quisiera escribir sobre la poética de los autos que pierden el control en las carreteras copadas de niebla, de la belleza dinámica de la caída sobre los despeñaderos, pero soy un hombre sin imaginación.
Mañana, por la lluvia, comenzará a crecer el musgo entre mis libros, por las costuras de mi ropa.
junio 2020
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