Cinco de la tarde, mi compañera de reclusión llama a la puerta. Alguien camina por la losa del techo: se apresura, se detiene, vuelve al borde que da a la calle.
Yo, escéptico, he pensando en ladrones que tratan de robarme la calma, o las palabras que aprendí en la infancia, llevo un arma a la cintura.
Buscamos fantasmas en el techo, para pedirles que moderen el estruendo de sus pasos. Pero han huido.
Por la calle pasan, bostezando, los tiburones del tedio.
junio 2020
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