sábado, 29 de abril de 2023

152

 

¿Recuerdas la leyenda de la mansión Winchester? Para salvarse de los fantasmas, la viuda se vió obligada a construir la casa a perpetuidad, a no cejar en el ruido para acallar el terror. Día y noche cuadrillas de albañiles, carpinteros, fontaneros, construían no la casa: el ruido.
Cuando, una noche terrible de tormenta ferocísima, los trabajadores huyeron dejando la casa a merced del silencio, la viuda Winchester murió, se dice que atormentada por los fantasmas de aquellos que murieron por las balas del fusil que su marido diseñó.
Así yo, si me quedo en silencio me abrazan con furia los fantasmas.


151

 

Con el frío, la perra tristeza viene a echarse sobre mi pecho. Con parsimonia me lame el rostro, me ladra al oído: vamos a embriagarnos, huyamos de aquí, me dice. Si me descuido, escarba en mi pecho hasta alcanzar mi corazón: le da pequeñas mordidas, como si jugara.
No quiero volver a la casa, pero me obligo a hacerlo. Quiero volver a mi patria donde nadie me espera.
Harto de sus ladridos, me pongo a cortar el tronco seco de un árbol de pan. Después de un rato de blandir el machete, la perra tristeza no se va, pero se queda quieta y en silencio.
 
marzo 2023


150

 

En una curva, un auto rojo perdió el control. Desde la combi alcancé a ver el cofre abierto entre la maleza, a unos diez metros de la carretera. ¿Por qué a mí no me tocan esas desgracias?
Cuando manejando por carreteras veracruzanas me nacía el impulso de echarme a volar en alguna curva, la perra tristeza pisaba el freno y mirándome de soslayo, me decía: todavía no, hermanito, todavía no cumples tu cuota de sufrimiento. Luego soltaba la carcajada.
El libro de Alaide Ventura me tiene suspendido de las lágrimas. Toma las fibras sensibles de mi pecho, las pone como cuerdas en un violín y toca con ellas la chaconna de Bach.
A cada nota, sangro.
En Tabasco llueve. También en la sierra chiapaneca. En mi pecho hay un diluvio y una inundación con nombre de mujer.
En el camino de vuelta, leo las últimas páginas de Alaide. Se me escapa otro puñado de lágrimas.
Llegando a Torotec -así me dijo hace años un amigo que se llama este pueblo, pero no sé si mentía-, veo un perro muerto en una cuneta, cubierto de lluvia.
 
marzo 2023

149

La confusión dejó pintado su beso en mi frente

 marzo 2023

148

 

Cuando abro los ojos, la luz se ha ido. Son las tres de la mañana y entre las nubes alcanzo a ver los cuernos enrojecidos de la luna menguante.
Pienso en las madrugadas en que bajaba al río crecido a atrapar esos peces pequeños que aquí llaman sardinas para comerlos después de asados en comal. Recuerdo aquella vez que estuve a punto del ahogo, en la primera vez que un arma asomó su ojo hacia mi rostro, y sé que no cerraré los ojos ni me perseguirá el hambre hasta bien entrada la tarde, apenas lo suficiente para perpetuar la sobrevivencia.
 
marzo 2023

147

Qué tan largos deben ser los días o tan obsesivamente circular el pensamiento para agonir tan largamente que pareciera hace un siglo este desangre

 

marzo 2023

146

 

Cuando se va la luz la batería de la laptop está completa, el celular a media carga, además, tengo dos velas de parafina para marcarle una breve frontera a la oscuridad.
Aún es temprano, pero la única energía que me permito consumir es la de una vela y la de mi cuerpo mientras espero a que los ojos de las lámparas vuelvan a abrirse.
Lleno de sudor salgo al patio. Aún llovizna un poco pero el cielo comienza a despejarse. Con la oscuridad asentada en el mundo es más sencillo mirar las estrellas.
Cuando despierto, el mundo sigue a oscuras
 
marzo 2023

145

Al llegar a Ciudad de las inundaciones, veo una iguana panza arriba sobre el pavimento

marzo 2023

144

 

Me gusta cocinar aunque no soy ningún prodigio. Creo que cocinar para uno mismo es algo que todo ser humano debería hacer una vez en su vida. No hay mayor acto de amor. Uno se esfuerza, además, por que los alimentos tengan buen sabor. Y con el tiempo eso genera entusiasmo. Preguntarse uno qué irá a ofrecernos nuestro yo anfitrión, pues aunque sea lo mismo de ayer, algo en el orden de los ingredientes, en la madurez de los frutos, en la pizca de sal, habrá cambiado.
En el peor de los casos, uno se obliga a cocinar y a comer. Pero es algo triste. Y es más triste cuando el que come a solas piensa que comer solo es un acto triste. También puede ser un gozo.
He cocinado y comido obligado de mí mismo, pero también animado por mí mismo. Hay tareas urgentes que no se pueden posponer.
Nunca, sin embargo, me había visto en la obligada necesidad de cocinar mientras la perra tristeza está en casa, desordenando papeles, sentimientos, pensamientos, correteando a los pavos de la vecina, matando de hambre a las gatas.
Nadie debería cocinar con la tristeza a cuestas.
Pasa que cacerolas, cuchillos, vasos, tazones, platos, se tornan pesadísimos fardos, todo tiene el color del desencanto, se queman las tortillas, se olvida uno de echarle café al agua que hirvió, la comida queda insípida, se toma el comal caliente con las manos desnudas, y encima el apetito es poco.
 
marzo 2023

143

Dejé mi cerveza en el patio, y cuando volví, había una cucaracha pequeña dentro de la lata.

La tiré y me quedó la duda de si ese hecho no sería una señal del azar diciéndome que deje de beber, o si por el contrario, un llamado a seguir el ejemplo del blatido para entregarme sin control a los excesos y a la autodestrucción.
 
marzo 2023

142

 Días de morder el fuego, de volver a creer en los mitos del amor, revolcarse en espinas de duda. Días de ansiar el veneno, de, al estilo lorqueano, sollozar afilando la navaja. Pero llegan los amigos y la cerveza es menos amarga y crece la tentación de vivir a cualquier costo, aún con los perros del miedo tras los pasos de la sombra, aun caminando al borde del peligro invisible e inminente, porque hay una mano que se tiende.

marzo 2023

141

Empiezo el día con el último mezcal y una tajada de piña

 

marzo 2023

140

 

Viajo con el pecho atravesado de confusiones y duda. Mi compa Gil me dice que la necesidad tiene cara de chucho, que a los nacidos en Ciudad hormiga les llaman panza verde come zatz aunque el zatz solo se consuma un mes al año.
Cuando siente que la conversación agoniza, le da play al reproductor de música y comienza a disertar sobre su gusto en música vernácula. El jefe es José Alfredo, eso no se discute, dice. Él no sabe que mi pecho es una estepa dónde cabalgan búfalos enceguecidos de incertidumbre, comidos por los parásitos del miedo y del deseo.
Suena una canción que habla de amores perdidos.
Para que lo cerrés tu ojito y recordés cuando la vida te sonrió, vos compa, me dice. Estamos por llegar a ciudad Bosh'il: yo miro hacia el frente y me río pero por dentro mi pecho es un río que se desborda y arrastra consigo sembradíos, árboles viejos, animales descuidados, que cambia su curso, que erosiona, que ruge pero todo en silencio.
 
marzo 2023


139

 

En la carretera, otro oso hormiguero atropellado. Me hubiera gustado detenerme a mirar su pelaje inerte, pero tenía que llegar a Ciudad Coneja de las evocaciones.
 
marzo 2023


138

 

Colgado en la defensa trasera de una camioneta miro el Cerro de los Tres Picos mientras descendemos hacia el río Escalón. Estoy tan absorto que apenas alcanzo a notar el bullicio de los otros pasajeros. Miro hacia atrás y veo dar vueltas algo que parece un tronco unos metros carretera arriba. Un mototaxi, que aquí llaman pochimovil por su parecido a una tortuga endémica de Tabasco, le pasa encima al supuesto tronco y se oye un crujido. Todos se ríen pero yo no entiendo hasta que retoman la cháchara: una serpiente cruzó la carretera y se golpeó contra la llanta del vehículo, el pochimovil la remató.
Al parecer era una ratonera. están seguros que no era una nauyaca ni una mazacuah, o un brazo de piedra. Yo sólo sé que alcancé a ver, apenas, un bulto de buen tamaño rodando.
Alguien recuerda que la mazacuah devora nauyacas, pollos, tacuasín y armadillo; que sigue de cerca a las vacas recién paridas para ordeñarlas por la noche, que persigue al que le teme aunque su mordida no tenga veneno, o tenga tan poco que le sea inútil frente al hombre. Uno de los hombres cuenta que una vez, bolo, persiguió a una mazacuah, y solo por hacerle una maldad, la obligó a beber de su trago. se murió, pregunta otro pasajero, como afirmando. se murió, confirma el otro, pero dando a entender que lo supone. luego comienzan a hablar de gente muerta, ya hemos pasado el puente del escalón. golpeo la lámina para avisar que bajo.


137

 En la carretera un hombre pide aventón, tiene varios atados de leña seca a la orilla del camino; cuando la camioneta se detiene, se acerca a pedir que por favor se orille porque no puede subir su carga y entonces muestra la mano envuelta en su playera negra: llevó un machetazo mientras partía la leña.

Terminada de subir la carga, el conductor cuenta cómo se rompió el radio y el cúbito mientras arreaba vacas. yo recuerdo la sangre corriendo tibia por mi nuca, empapando todo, después del machetazo hace once años
 
marzo 2023

136

 

Después del Sueño de Bolívar, la carretera es una sucesión de curvas y bifurcaciones que olvido pronto. Los caseríos quedan atrás con su corro se fantasmas, fechas que pierden su significado a fuerza de repetirlas, por economía del lenguaje: nosotros avanzamos sin apenas mirar atrás.
Ahora mismo, kilómetros y cervezas más tarde, no podría decir dónde estoy. Sé que instalamos un artilugio que eructa música a cambio de monedas, que espero una llamada que no llegará, que tengo sueño, que es media noche y mi palabra es vana.
 
febrero 2023

135

 

Hace unos días, al amparo de unas caguamas, le contaba a un amigo de un viejo ritual para salir a la noche. Algo que solía hacer cuando aún vivía en Guerrero, y aún un poco después, en Texcoco.
La historia salió porque me preguntó si fumaba. Respondí que no y le conté que hubo un tiempo en que sin fumar compraba muchos cigarros.
Los viejos aconsejaban que al caminar la noche uno tuviera a la mano el cigarro y el mezcal para ofrecerlo a quien nos encontráramos en el camino. Una regla simple de cortesía que nos podía salvar el pellejo del espíritu.
Me explico: fui habitante de un mundo en el que convivía el culto al jaguar y la precaución a los vientos y otros seres que occidente llama espíritus chocarreros, espectros, monstruos. Lo más conocido es el nahual, pero no es lo único. Digamos que el nahual se ha insertado de cierta forma en la cultura popmex con muchas y muy libres y chabacanas interpretaciones.
Entonces, tener un cigarro a la mano, tal vez más el gesto del ofrecimiento, lo ponía a uno a salvo. Si era una persona, uno ganaba un amigo para esas horas, pero si era algo más, aseguraba su llegada con bien al puerto del amanecer.
Guardar la ropa recién lavada al caer a noche, regar sobre tierra la primer copa de mezcal al comenzar la convivencia, soplar al aire al ver un lucero, no señalarlo jamás, saber que uno puede perder la sombra, que el ayuno es necesario para ciertos trámites de vida, enterrar el cordón umbilical en casa, incontables detalles cotidianos.
Algunas veces pienso que no le ofrecí su respectivo cigarrillo al espectro del amor, y por eso me trata como me trata el cabrón.

febrero 2023

134

¿Está lloviendo o estalló viendo?
O, tal vez, está: yo viendo.

 

febrero 2023

133

 

Cuando uno parte se lleva sin saberlo un paisaje y una imagen del mundo en la maleta. Pueden pasar años sin que se sepa de la existencia de ese agregado al equipaje. Es cuando uno vuelve que por fin se manifiesta. Uno vuelve a casa, a la Itaca particular, y encuentra las cosas distintas, los rostros extraños, otra coloración en las fachadas de las casas del pasado. Con el tiempo a cuestas uno busca con ansia lo que dejó en el pasado, que ya no existe porque cambió desgastado por el paso de los años. El ojo y el corazón tratan de encajar el nuevo paisaje con el que pervive en la memoria, infructuosamente. Esa es la nostalgia del viajero.

febrero 2023

132

 

Al salir de ciudad Jabalí encontramos un oso hormiguero atropellado. No hubo tiempo de detenerse a orillar su cadáver, mirarlo de cerca. solo el vistazo fugaz de su pelaje de color y brillo único, la forma de yacer sobre su muerte. a un costado de la vía, unos metros más adelante, una pareja al pie de una motocicleta parecía discutir o prometerse para siempre el espejismo del amor.

 

febrero 2023

131

A veces siento que estoy de más y otras pareciera que estoy de sombra.

 enero 2023


130

 Mientras los arroyos se llenan de agua y se arrastran ladera abajo, engrosando el cauce siempre hambriento del río, te sueño atravesada por el desierto, besada de noche y de frío mientras la sed y el miedo se te enroscan en el alma, y justo cuando están a punto de apretar la mandíbula o tú estás a punto de desfallecer amanece y es momento de tomar un respiro, mordiscar galletas saladas acompañadas de brevísimos sorbos de agua, entonces despierto y sé que no se detendrá la lluvia ni este modo ciego de extrañarte, ni este paulatino olvido, ni este recordar que recuerdo que fuimos pero vaga, sutilmente.

 

enero 2023

129

 

Sueño que viajo a una ciudad del sur, que el viaje es largo. Que llego a casas en las que me oculto de mis amigos. Que salgo como un ladrón de esas casas.
En el sueño llego al pueblo de mi madre pero la casa donde vive ya no es la casa que conozco, sino una vecindad y el pueblo ya no es el pueblo en el que crecí, ahora es una ciudad que despliega sus calles ante las faldas del caos.
Apenas cruzo unas palabras con mi madre y ella recuerda que debe salir al encuentro del amor o de la muerte, pero no me dice a dónde va. En la mesa de la sala deja su celular, un celular viejísimo que no deja de timbrar en cuanto ella sale.
Después de unas horas, aburrido, salgo a mirar el barrio, que me es desconocido. Además de perros, encuentro niños sin padre jugando a la pelota, arroyos nacidos de tuberías rotas, basura y puertas cerradas; no hay ningún parque en las cercanías pero encuentro una banca donde sentarme a vigilar el paso del hastío.
Tengo el celular de mi madre en el bolsillo. Pasada la tercera noche ella aún no ha vuelto pero alguien llama a la puerta, grita su nombre y me parece reconocer la voz que llega hasta el rincón donde duermo.
Es mi hermana. Vine para invitarla a comer, me dice. Recuerdo que es jueves, le digo que también voy. Platicamos de alguna cosa intrascendente y de pronto ya no está. El ruido de una taza al romperse me devuelve a la casa: unos niños husmean en la cocina en busca de comida o de un tesoro pirata. Los ahuyento y cuando están lejos, vuelvo a la calle.
Tres días más pasan, no vuelvo a ver a mi hermana, nadie sabe nada de mi madre. Corrijo, no sé a quién preguntar por mi madre en esta ciudad extraña, no sé dónde vive mi hermana, y el celular de Leonarda sigue sonando en el fondo de mi bolsillo izquierdo.
 
enero 2023

128

 

Una mañana los gatos dejaron en la puerta un pájaro reducido a media capacidad de vuelo y una cabeza ya sin ojos; se los arrancaron para que extravíe el camino hacia el paraíso de las aves o a la calidez de su nido.
De sus hocicos brotan pequeñas plumas color café, en sus garras hay un brillo como de arma recién afilada.
Despreocupados se acurrucan a mis pies, esperan a que me confíe y comienzan a afilarse las uñas sobre mi carne.
Sorprendido, a medias furioso, los saco al patio. Hace varias horas que rascan la puerta, maullando de hambre. Yo resisto el asedio como puedo, una parte de mí quiere abrir la puerta y salir a tomar el fresco.
Pero llega el sopor del trópico y caigo en el lago del sueño. Allí, soy el pájaro que sin saberlo encamina su vuelo hacia sus fauces.
 
enero 2023

viernes, 28 de abril de 2023

127

 

Mientras subía por la escalera alcancé a ver algo sobre el enmallado. Era un tacuasín que había agarrado el castillo desnudo como alcayata. Revisé las cámaras (estaba justo debajo de una) y estaba ahí hacía al menos media hora.
Cuando bajé ví que no se movía y pensé porque siempre o casi siempre suelo pensar en la catástrofe que tal vez estuviera muerto o agonizante, ensartado en una varilla. Le arrojé algunas piedrecillas de las que no acusó recibo. Mientras lo hacía pasaron dos niños que al verlo gritaron —miralo, está bajando un zorroespina– sin apenas detenerse.
Volví a subir en busca de una varilla. Ya tenía en la cabeza el pensamiento de mover el cadáver, levantarlo y sepultarlo para que no apestara, aunque primero quería cerciorarme. Encontré un tubo de acero y desde la marquesina comencé a mover el ármex. Nada. Y no tenía ni tantitas ganas de levantar un cadáver de animal. Así que comencé a puyar al animal, primero en la cola, luego en un costado y ahí comenzó a moverse. Menos mal no ha muerto, me dije, ojalá tampoco esté lastimado, seguro lo asustaron los perros del vecino. Lo empujé un poco y al ver que se movía sin problema y sin alarma, lo dejé en paz. Abajo una de las gatas lo miraba con curiosidad.

diciembre 2022

126

 

En un rincón de aquella sala alcancé a ver varios ejemplares de Plenitud, la revista de AA. La misma que hace unos veinte años, después de una temporada en el anexo, Joselo comenzó a coleccionar con devoción. La misma revista que, pasado el enrabiaje y luego la dolencia joselesca por el encierro y la abstinencia obligada de alcohol, pasado el terror (inoculado en las monsergas del encierro) de contagiar el vicio del trago a los menores, me permitieron leer sin tantos reparos.
No tenía otro material de lectura en ese tiempo.
Había bibliotecas ajenas que a veces visitaba, pero la mayor parte del tiempo estaba en casa de José y Ana, y allí, además de la Revista Plenitud (con sus incontables y diversos aunque repetitivos relatos de la caída de hombres y mujeres por el tobogan vertiginoso y espinudo de la dependencia al alcohol y la siempre oportuna salvación a manos de un poder superior), lo que había para leer era el Sensacional de mercados, Relatos de presidio, Así soy y qué y otras publicaciones de ese calibre.
Me pregunto cuántas horas de mi vida pasé leyendo historias de borrachos que apenas sí recuerdo ahora.

diciembre 2022

125

 

Andor tiene en su narración mucho del mito griego. La obstinación por evitar la catástrofe a la vez que se le ponen cimientos fortísimos tratando de evitarla.
El imperio (sus agentes) creen que Andor, un lumpen, es un agente de la resistencia. A lo sumo alcanza el estatus de mercenario. El temor fundado de que la resistencia se fortalezca, reprime y persigue a los cercanos a Cassian: ahí su error, persiguen a un hombre que está o estaba cómodo en su falta de pertenencia (roba al imperio, no se compromete con nada; es, desde su entendimiento, libre).
Esa represión lo lleva fortuitamente a prisión y ahí sí comienza la bronca, porque el vato ya tenía sus dudas.
Quiero decir, sin la escalada represiva del imperio tras el robo, Andor no habría sido apresado, no habría participado en el motín de la prisión en la que cayó. ¿Y qué provocó el motín?
Lo que no entiendo de Star wars es por qué habiendo tenido todo, la república fue vencida. Por qué, teniendo enfrente la evidencia del complot, nada se hizo. La saga es la narrativa de la perpetua esperanza y la democracia de la candidez. Una narrativa que ya dura, ¿cuántas décadas?
 
diciembre 2022

124

 

Esa final de hoy es la prueba fehaciente de que no hay nada más cruel que dar esperanza a un hombre. En este caso, a un equipo de fútbol.
Mbapé, desde luego, es la crueldad.

diciembre 2022

123

 

Es martes, pero en el fondo de mi cama aún es domingo.
Sin el bullicio del mercado, sin la colorida fiesta de las calles, sin el carnaval de olores inundando el aire, sin la promesa inocente de algo incierto que reinicia, rumiando a solas como animal voluntariamente enjaulado, nada queda para desear la llegada o el final necesario del domingo.

diciembre 2022

122

 

Un poema para atravesar el diluvio, un poema que le sobre y no afecte su economía.
Un poema para este pobre ciego de la metáfora.

diciembre 2022

121

 No por mucho naufragar se enloquece más temprano

 

diciembre 2022

120

 

Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos.
 
Rainer Maria Rilke | Primera elegía

noviembre 2022

119

 

El racimo no era grande aunque ahora que todos sus frutos maduraron evitar que se desperdicien me parece un trabajo interminable.
Fritos, asados, en torta, empanizados, rellenos, crudos, hay momentos en que siento la garganta a un paso de la arcada que da pie al vómito. Pero no es más que un reflejo, pues aunque el paladar se canse, el sabor del plátano macho me sigue pareciendo delicioso.
Si pudiera, cada día pondría la cacerola al fuego, con sal, tomate, papas y lentejas para sazonar las infinitas rebanadas fritas del plátano.
Creo que no hay mayor acto de amor propio que cocinar para uno unas humildes lentejas sin más pretensión que llenar el foso de la barriga. Y qué mejor si además sabe a plátano macho.
 
noviembre 2022

118

 

En mi barriga hay mandarinas y un sorbo de avena. En mis ojos hay un verdor salvaje, pero si levanto la vista hacia el oriente el paisaje desaparece entre el gris de los nubarrones.
Recorro la parcela y encuentro flores de xuco, naranjas y el rastro de alguna serpiente.
En la parte alta, una hora más tarde, miro por primera vez un tirfo en acción. Mientras el operador tensa la cadena atada al cedro, imagino las trayectorias probables de la caída. Imagino también que el árbol al caer me aplasta, o una rama alcanza a dar un coletazo que me arroje contra las abundantes rocas. No imagino más: después de fallecer ya nada importa. Estoy tan absorto que apenas alcanzo a escuchar el quejido de la madera al desprenderse de su base y el grito que da el operador mientras se aleja. Los segundos pasan tan rápido que pareciera que están en pausa.
Cuando el árbol por fin toca el suelo, mi pie resbala al pisar la hierba húmeda de lluvia y también caigo. Sé que hubo un estruendo, pero solo consigo recordar la imagen de las ramas inclinándose en mi dirección y el olor fortísimo del cedro.
 
octubre 2022

117

 Toc, toc.
- ¿Quién es?
- Soy la nostalgia

 

septiembre 2022

116

 

y como le dijo en la escribidera el buen Abigael a la poesía:
 
[...] condúceme, / desgástame, desquíciame, / procede, / de donde estés, ordena, / y ponme a caminar.

septiembre 2022

115

 

Hoy decido guardar los huesos que me sostienen, rehuir la lluvia, andar a tientas por la casa. Con la carne enmusgada de añoranza cierro las puertas, miro la noche reptar sin prisa por las paredes.
Pienso en aves migratorias, en garzas sucias de fango, en una laguna invadida de lirios, en una fotografía de 1995.

septiembre 2022

114

 

para el otro, yo soy el fantasma, el eco en el espejo, lo que se diluye a la sombra de un ahuehuete en los márgenes del río, entre sembradíos de colorida flor, o camote para el dominical mercado
 
agosto 2022

113

 

Acaríciame el lomo, desesperación. Dime al oído palabras que me desborden el pecho con tristeza. Luego, al caer el alba, llena un cuenco con la amarga savia de tu beso, y deja que beba hasta saciar la sed que me cabalga, o hasta romper los diques del llanto.

agosto 2022

112

 Mangos petacones para aligerar el cansancio que deja cargar madera, para mirar cómo se despeja el cielo de la tarde y le dice adiós al día y a la tormenta. Mangos para espantar el fantasma del hambre, para evocar el olor de los cedros al caer, para quedarse en el mundo, acariciado en el lomo por la lluvia, gato al fin y al cabo.

junio 2022

111

 

Llueve. Con furiosa puntualidad. Sin recato. La noche pasa bajo la lluvia. Los cerros dejan caer su carga de rocas, tierra y hierbarajos sobre los caminos bajo la lluvia. Los arroyos y los ríos llenan sus cauces y recuerdan mejores tiempos con el escurrimiento de la lluvia. El mundo (ese breve espacio que abarca los ojos del hombre que no puede sino escuchar a lo lejos el retumbar del trueno, precedido en varios segundos por el lejano resplandor que cimbra la casa y le hace pensar en el fin de los tiempos, en su propio cadáver arrastrado corriente abajo, llegando despedazado hasta la desembocadura del mar, alimento que los peces han de rechazar) queda a oscuras bajo el crepitar de la lluvia: quiero decir de luces apagadas, ya sin fogón, sin lámparas de queroseno olvidadas hace tiempo, sin lámparas de baterías que fueron sustituidas por linternas recargables que siempre se olvidan de cargar durante las escasas horas de energía eléctrica, sin luces artificiales para sacar el cuerpo de lo oscuro y del temor atávico a la espesa noche, al sepulcro imaginado de la noche bajo la lluvia, apenas iluminada por los relámpagos, que atizan la incertidumbre del terreno que se pisa, que agranda o achica los objetos de la casa, que ya se recorre a tientas. Tal vez en alguna casa se encienda de pronto la titilante luz de un cerillo primero cuya flama encenderá el pabilo de una vela sustraída al altar, cuya luz no soportará los embates enfierecidos del viento que aúlla afuera, colándose entre las rendijas de las ventanas o los muros de tablas, metiéndoles el frío y el temor a los durmientes y a los que en vela aguardan el fin de la tempestad, asustados a cada bramido celestial, a cada sonido que se parezca a la caída de la primera roca del deslave, al primer bramido del agua al desbordarse, pródiga en troncos, roca y lodo, magnificente e imbatible. Luego viene la calma, los hombres retoman el entresueño, la duermevela que no da descanso pero alcanza para disfrazar el desasosiego, para enhebrar las horas que faltan hasta el alba, para contener el hambre que engañarán con un sorbo de café antes de partir de nuevo al monte, a limpiar la milpa, a buscar el becerro recién parido, la vaca extraviada, a mirar el cafetal cubierto por el deslave, a, enloquecidos, desesperados por no perder lo poco que se tiene, meter el cuerpo al agua para salvar los apiarios, aguantar la picadura desconcertada de las abejas y aún así perderlo casi todo.
Luego vendrá la aurora, emprender el camino a pie o en viejas camionetas hacia la rutina o el viaje o la huida. En algún recodo del camino encontrarán que no hay ya camino y descenderán de los viejos vehículos para hacer un trecho del trayecto a pie, los pies descalzos cubiertos de lodo, maltratados de piedras o guijarros pero el calzado a salvo, limpio para llegar al municipio o la capital. En otro trecho, descuidados, el conductor y los pasajeros no verán al tronco que se inclina para susurrarles algún secreto del mundo y quedarán sepultados bajo toneladas de madera y lámina de acero hasta la hora en que otro viajero o un caminante los encuentre y dé aviso a las autoridades y a los vecinos que replicarán la nueva por sus radios de frecuencia abierta y para cuando la autoridad llegue a rescatar los cuerpos, a liberar el camino, y pregunte de quién se trata, ya tengan un nombre y un apellido y una familia que les prepare el funeral, les cave una fosa para la tumba, y espere la llegada, el regreso de sus cuerpos de la misma forma, con la misma triste abúlica fatalidad con que esperan la llegada, el regreso de la lluvia.
 
junio 2022

110

 Tras el golpe en la cabeza que me dejó la caída, los sueños se hicieron más frecuentes. También la dolencia en ciertos huesos a determinadas horas.

 

junio 2022

109

 

Si Jesús hubiera nacido en Guerrero, en vez de pescado habría multiplicado el caldo de iguana y las tortillas, y habría transformado el agua en mezcal en vez de vino.
Pero dios le tuvo miedo al éxito
 
junio 2022

108

 

Promesas de salvación para empezar el día.
Don Panchito vino a recoger un croquis. Me preguntó cuánto era y le dije que lo dejaba a su consideración, aunque bien pude decirle que fueron cinco los pesos que pagué por la impresión. No espero pago alguno, pero tampoco quise decirlo así porque se hubiera ofendido. Es un viejo que se ofende fácilmente.
Sonrió y empezó a contarme la historia de un tal Noé y su idea enloquecida de un arca para salvarse de la furia de un dios enojado con su obra. Lo contaba con la convicción del que ha sido testigo presencial de un hecho insólito. El arca quedó a un codo de alcanzar el techo del cielo, como si hubiera estado en el diluvio. Esperaba que me contara la coloración de la aguas o la forma de las nubes, pero supongo que esos detalles no importan cuando alguien habla de la salvación de una humanidad reducida por agua. Cuando terminó me dió un abrazo y se fue.
Supongo que ese fue el pago.
 
junio 2022

107

 Un poema que le provoque calambres al olvido.

106

 

Demasiado café por esta noche: llamo al sueño y no responde. Sé que huye de mí y oculta el ruido de su carrera bajo el sonido de la lluvia. Cuando llegue la creciente del río, escucharé aún menos. Ni el zumbido de loñaa polillas que se abalanzan, hambrientas de luz, hacia las lámparas que rodean la casa para ahuyentar asesinos o ladrones.
Antes de que la luz abandone la casa, busco en vano el origen de otro sonido: insectos que se arrojan contra las láminas del techo, en su intento por volver a la intemperie, o por ahuyentar la tormenta. Pero es inútil, ni sus golpes abren sendas entre el acero, ni las nubes se retiran a tierras más bajas.

mayo 2022

105

 

Se humedeció la noche con el tercer destello de luz. Sobrevino el estruendo y esa sensación de haber perdido alguna cosa en el parpadeo del mediodía.

mayo 2022

104

 

Llueve, por fin. ¿Será el fin del calor o el principio de los derrumbes?

mayo 2022

103

 

Algunas veces sueño continuaciones del día. Que me recuesto y alguien, una presencia que nunca veo, sacude la cama donde duermo o me avisa de los horrores que acechan a mis amigos cercanos. En el delirio onírico, estoy en la misma habitación en la que me he quedado dormido. Sueño la inmovilidad y esta, en el despertar violento, se transmite a la vigilia.
Cuando consigo incorporarme sé que no volveré a dormir por esa noche, que las horas serán largas hasta que llegue el alba. Que no volveré a dormir con calma las siguientes noches.
 
abril 2022

102

 

Hace una semana cayó la última lluvia y con ella cayeron los derrumbes.
Esta noche salgo a la azotea, arrojo a las gatas a la calle y mientras se burlan de los perros del vecino, entre el rumor del río Escalón que corre ao encuentro del Grijalva, me llega el aroma de la flor del hueledenoche que tantas migrañas le provocó a mi infancia.
No me decido entre quedarme a aspirarlo o huir hacia la hamaca para echar a descansar los ojos.
 
abril 2022

101

 

Chocolate, tostadas de maíz nuevo, par de blanquillos, arroz con chapaya y rodajas de plátano macho.


marzo 2022

100

 

Son las cinco de la tarde, estoy en el patio de la casa donde vivo hace casi un año: con la mano izquierda sostengo una rama del castaño para trozar una más pequeña, con la derecha empuño el machete que con muy poco filo se apresta a dar el golpe que las separe. El acero no está muy desbastado porque hace días que perdí mi lima y también porque la madera del castaño es muy suave.
Llevo una media hora trozando las ramas del árbol, hacinandolas para dejarlas secar al sol y aprovechar la leña después. En mi pecho hay una desazón desde que en la tarde, al cortar una de las últimas ramas, el chavalo que lo hacía estuvo a punto de electrocutarse. Después de un par de machetazos al brazo que iba a cortar, este se inclinó un poco y las hojas tocaron un cable. Una sola cosa fue que eso sucediera y el chavalo sintiera la energía eléctrica recorriéndole el cuerpo, como una cosquilla, a decir de él; como pudo mantuvo la calma y emprendió el descenso, y su vuelta a salvo al suelo quedó en material para la anécdota. Mientras lo veía descender, en mi cabeza se forman escenarios fúnebres: el chavalo electrocutado, carbonizado, el chavalo resbalando y quebrándose el cuello o la espalda, un pie en el mejor de los casos. La responsabilidad. Arriba, las hojas del castaño que tocaron el cableado amenazaban con encenderse cada que las mecía el viento. Otra vez los escenarios formándose en la cabeza. Rompimos la rama a la distancia, tirando de ella con reatas y después tiramos otro árbol más pequeño que también estaba cercano a los cables. Me da pena lo poco que me cobra el chavalo, pero tampoco tengo mucho más para darle. Él me dice que no pasa nada, que el trabajo fue poco y que además somos compas. Pero a mi sosiego ya se lo llevó la preocupación a dar una vuelta por el río.
Ya no pienso en ello pero lo tengo presente, como en un segundo plano del pensamiento desde que el chavalo se fue. Luego me dispongo a trocear los brazos de castaño que están en el suelo, tal como empecé a contar, y en ese momento, al trazar con el brazo armado la trayectoria del golpe, la hoja se enreda en algo, un hilo o un bejuco, y ese pequeño inconveniente o descuido desvía el filo.
Apenas siento el golpe, sordo, sobre el nudillo del índice izquierdo. Luego brota copiosa la sangre. Lo primero en lo que pienso es en la pérdida del dedo, en la mutilación, y algo que se parece a la tristeza me toca el hombro. Recuerdo esa otra ocasión en que otro machete, más afilado, me cortó unos centímetros detrás de la oreja. La tristeza por la pérdida que aún no es, insiste: quiere tomar control de la situación. Entre la sangre, al mover el dedo, alcanzo a ver algo que imagino es el hueso. No hay miedo, hay una resignación, un duelo previo, la aceptación de la mutilación como una posibilidad. Me quito la playera y con ella trato de contener la hemorragia. Entro a la casa y dejo un reguero de gotas rojas por donde paso buscando material de curación. Por radio pregunto a un vecino si hay enfermería en el poblado. Comienzo a pensar en la inmovilidad del dedo como otro resultado probable. La tristeza mengua pero no se va. Recuerdo que traje algo de aguardiente de caña de Veracruz y comienzo a buscarlo entre las botellas de mezcal. Parece que lo encuentro pero al aplicarlo sobre la herida resulta que es mezcal y me da un poco de risa la situación. Atravieso el patio y subo a la segunda planta, allí encuentro el alcohol y material de curación. No sé si la tristeza le teme a las alturas o al material de curación pero ya no está conmigo. Lavo con alcohol y aunque lo espero el dolor no llega: sé que vendrá en algún momento. Para retrasar su llegada, vuelvo a la casa en busca de analgésicos; pienso en la posibilidad de perder el equilibrio y caer al bajar por la escalera pero no sucede.
Salgo a la calle, me dirijo a la casa de un vecino que es auxiliar de enfermería pero tiene escaso material de curación; lava la herida y me dice que solo pondrá un vendolete porque no tiene aguja, que lo mejor sería suturar, pero que aún así la herida cerrará. Le agradezco el gesto, pregunto si debo algo y niega con la cabeza; vuelvo a agradecer, les doy las buenas noches y me despido. Cuando entro a casa no queda rastro de la tristeza pero estoy cansado, muy cansado. Veo a los gatos en la entrada, mirándome en silencio y recuerdo que no han comido.
 
marzo 2022

099

 

El Lauro viene con su delirio a cuestas, hecho de huesos: machete en mano se sienta a mi lado.
Habla con el frenesí de quien calza los zapatos de la desesperación, sin explicar nada. Para él sólo existe su dolencia.
Nada cuenta de las madrugadas en que la lucidez lo sorprende en la montaña, lejos de casa, desorientado, de los pensamientos que le enmarañan las horas de la abstinencia.

098

 

Lo que recuerdo del sueño es más bien poco. La huída y un río caudaloso. Una ladera que termina en pedregosa playa. Una casa sin luces, un puente y la confusión frente a los señalamientos del camino. El laberinto, en una palabra.
Ignoro la causa de mi huída, y mi destino.
Tal vez por eso despierto. Tal vez lo sabía y al despertar lo he olvidado.
 
marzo 2022

097

 

Desde que tengo memoria, aparecer en fotografías me causa cierto resquemor, cierta angustia de cadalso o paredón. Debe ser porque mis primeros encuentros con la lente ajena tuvieron el signo de la obligatoriedad académica primero y con la burla en espacios más mundanos digamos.
Cada inicio de curso, tomar nuevas fotografías tamaño infantil para la reinscripción significaba formarse largas horas (a mí, que carezco del tesón de la paciencia) haciendo fila afuera del único estudio fotográfico del municipio, junto a otros tantos parvulitos de mi edad, llegado el momento entrar a un cuartito oscuro que al fondo tenía colgada una tela de color indefinido que parecía terciopelo, sentarse lo más firme que pudiera, obedecer, muñeco de madera, las instrucciones del fotógrafo, levantar el mentón e inclinar la cabeza al tiempo que se aguantaba la respiración y evitaba moverme para que la placa no se revelará desenfocada, so pena de repetir el procedimiento, volver la mostrador, deslumbrado por la secuencia de luz callejera, oscuridad del estudio, luces del fotógrafo, flash de la cámara, penumbra del estudio y el sol despiadado de la calle Revolución de vuelta, volver unos días más tarde, comprobante en mano, a recoger las ocho imágenes idénticas de las que solo se usarían dos, y hasta el año que viene. En ese lapso de deslumbramientos, esperar a oír el click del obturador era tan angustiante como estar frente a un pelotón de fusilamiento: uno ya no esperaba salvarse, quería oír el disparo que le aliviara la espera.
Esa sensación me acompaña aún ahora cuando debo sacar fotos para algún trámite oficial: el INE, el banco, la licencia de conducir, el largo y sorpresivo etcétera; la sensación de que seré fusilado y fijado hasta que la erosión del tiempo borre esas imágenes me persigue aún ahora incluso en las fotos grupales de cursos o congresos, y que encima de todo, nadie se digna nunca a preguntar por mis últimas palabras o mi voluntad postrera y no pueda solicitar un caballo azabache.

096

 

¿Se escribe sajar o zajar? Lo que sí sé es que me parece una palabra muy bella y poco empleada.
Sajar. Abrirse paso entre la carne.
 
febrero 2022

095

 Cuando abro los ojos, su imagen se diluye pero el deseo es un ascua encendida en la noche de mi memoria.

 

febrero 2022

094

 

La llaman orchan o mazacua. Los hombres murciélago seguro tienen otra forma de nombrarla.
Dicen que no mata su mordida, pero donde pone el diente, la carne se pudre. Que embruja a las mujeres y es mejor ahuyentarla, dejar que viva porque se alimenta de nauyacas, que una vez, en el monte, alguien encontró a ambos animales enzarzados en una lucha que ya había perdido el segundo pues nada pudo hacer su veneno contra el abrazo de la mazacua, pero al oír los pasos de los hombres, en la sorpresa y el miedo, escupió a su presa y huyó, dejando a la nauyaca a merced del machete, indefensa como estaba, enceguecida y aturdida por el abrazo de la boa.
Todo eso dicen, poco más, los que viajan conmigo en la batea de una camioneta blanca con franjas verdes tras ver, a la orilla de la carretera, los dos metros inertes de la constrictor, atropellada o macheteada por algún cuidador de ganado.
Luego la niebla devora el paisaje detrás nuestro o nosotros entramos en su vientre, ya no lo sé de cierto.
 
febrero 2022

  la tarde se interrumpe con el sonido de un altavoz: hay pan caliente en la casa del señor José. luego vuelve el trinar de las aves, el r...