viernes, 28 de abril de 2023

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Son las cinco de la tarde, estoy en el patio de la casa donde vivo hace casi un año: con la mano izquierda sostengo una rama del castaño para trozar una más pequeña, con la derecha empuño el machete que con muy poco filo se apresta a dar el golpe que las separe. El acero no está muy desbastado porque hace días que perdí mi lima y también porque la madera del castaño es muy suave.
Llevo una media hora trozando las ramas del árbol, hacinandolas para dejarlas secar al sol y aprovechar la leña después. En mi pecho hay una desazón desde que en la tarde, al cortar una de las últimas ramas, el chavalo que lo hacía estuvo a punto de electrocutarse. Después de un par de machetazos al brazo que iba a cortar, este se inclinó un poco y las hojas tocaron un cable. Una sola cosa fue que eso sucediera y el chavalo sintiera la energía eléctrica recorriéndole el cuerpo, como una cosquilla, a decir de él; como pudo mantuvo la calma y emprendió el descenso, y su vuelta a salvo al suelo quedó en material para la anécdota. Mientras lo veía descender, en mi cabeza se forman escenarios fúnebres: el chavalo electrocutado, carbonizado, el chavalo resbalando y quebrándose el cuello o la espalda, un pie en el mejor de los casos. La responsabilidad. Arriba, las hojas del castaño que tocaron el cableado amenazaban con encenderse cada que las mecía el viento. Otra vez los escenarios formándose en la cabeza. Rompimos la rama a la distancia, tirando de ella con reatas y después tiramos otro árbol más pequeño que también estaba cercano a los cables. Me da pena lo poco que me cobra el chavalo, pero tampoco tengo mucho más para darle. Él me dice que no pasa nada, que el trabajo fue poco y que además somos compas. Pero a mi sosiego ya se lo llevó la preocupación a dar una vuelta por el río.
Ya no pienso en ello pero lo tengo presente, como en un segundo plano del pensamiento desde que el chavalo se fue. Luego me dispongo a trocear los brazos de castaño que están en el suelo, tal como empecé a contar, y en ese momento, al trazar con el brazo armado la trayectoria del golpe, la hoja se enreda en algo, un hilo o un bejuco, y ese pequeño inconveniente o descuido desvía el filo.
Apenas siento el golpe, sordo, sobre el nudillo del índice izquierdo. Luego brota copiosa la sangre. Lo primero en lo que pienso es en la pérdida del dedo, en la mutilación, y algo que se parece a la tristeza me toca el hombro. Recuerdo esa otra ocasión en que otro machete, más afilado, me cortó unos centímetros detrás de la oreja. La tristeza por la pérdida que aún no es, insiste: quiere tomar control de la situación. Entre la sangre, al mover el dedo, alcanzo a ver algo que imagino es el hueso. No hay miedo, hay una resignación, un duelo previo, la aceptación de la mutilación como una posibilidad. Me quito la playera y con ella trato de contener la hemorragia. Entro a la casa y dejo un reguero de gotas rojas por donde paso buscando material de curación. Por radio pregunto a un vecino si hay enfermería en el poblado. Comienzo a pensar en la inmovilidad del dedo como otro resultado probable. La tristeza mengua pero no se va. Recuerdo que traje algo de aguardiente de caña de Veracruz y comienzo a buscarlo entre las botellas de mezcal. Parece que lo encuentro pero al aplicarlo sobre la herida resulta que es mezcal y me da un poco de risa la situación. Atravieso el patio y subo a la segunda planta, allí encuentro el alcohol y material de curación. No sé si la tristeza le teme a las alturas o al material de curación pero ya no está conmigo. Lavo con alcohol y aunque lo espero el dolor no llega: sé que vendrá en algún momento. Para retrasar su llegada, vuelvo a la casa en busca de analgésicos; pienso en la posibilidad de perder el equilibrio y caer al bajar por la escalera pero no sucede.
Salgo a la calle, me dirijo a la casa de un vecino que es auxiliar de enfermería pero tiene escaso material de curación; lava la herida y me dice que solo pondrá un vendolete porque no tiene aguja, que lo mejor sería suturar, pero que aún así la herida cerrará. Le agradezco el gesto, pregunto si debo algo y niega con la cabeza; vuelvo a agradecer, les doy las buenas noches y me despido. Cuando entro a casa no queda rastro de la tristeza pero estoy cansado, muy cansado. Veo a los gatos en la entrada, mirándome en silencio y recuerdo que no han comido.
 
marzo 2022

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