El Lauro viene con su delirio a cuestas, hecho de huesos: machete en mano se sienta a mi lado.
Habla con el frenesí de quien calza los zapatos de la desesperación, sin explicar nada. Para él sólo existe su dolencia.
Nada cuenta de las madrugadas en que la lucidez lo sorprende en la montaña, lejos de casa, desorientado, de los pensamientos que le enmarañan las horas de la abstinencia.
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