sábado, 29 de abril de 2023

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Me gusta cocinar aunque no soy ningún prodigio. Creo que cocinar para uno mismo es algo que todo ser humano debería hacer una vez en su vida. No hay mayor acto de amor. Uno se esfuerza, además, por que los alimentos tengan buen sabor. Y con el tiempo eso genera entusiasmo. Preguntarse uno qué irá a ofrecernos nuestro yo anfitrión, pues aunque sea lo mismo de ayer, algo en el orden de los ingredientes, en la madurez de los frutos, en la pizca de sal, habrá cambiado.
En el peor de los casos, uno se obliga a cocinar y a comer. Pero es algo triste. Y es más triste cuando el que come a solas piensa que comer solo es un acto triste. También puede ser un gozo.
He cocinado y comido obligado de mí mismo, pero también animado por mí mismo. Hay tareas urgentes que no se pueden posponer.
Nunca, sin embargo, me había visto en la obligada necesidad de cocinar mientras la perra tristeza está en casa, desordenando papeles, sentimientos, pensamientos, correteando a los pavos de la vecina, matando de hambre a las gatas.
Nadie debería cocinar con la tristeza a cuestas.
Pasa que cacerolas, cuchillos, vasos, tazones, platos, se tornan pesadísimos fardos, todo tiene el color del desencanto, se queman las tortillas, se olvida uno de echarle café al agua que hirvió, la comida queda insípida, se toma el comal caliente con las manos desnudas, y encima el apetito es poco.
 
marzo 2023

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