viernes, 28 de abril de 2023

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Llueve. Con furiosa puntualidad. Sin recato. La noche pasa bajo la lluvia. Los cerros dejan caer su carga de rocas, tierra y hierbarajos sobre los caminos bajo la lluvia. Los arroyos y los ríos llenan sus cauces y recuerdan mejores tiempos con el escurrimiento de la lluvia. El mundo (ese breve espacio que abarca los ojos del hombre que no puede sino escuchar a lo lejos el retumbar del trueno, precedido en varios segundos por el lejano resplandor que cimbra la casa y le hace pensar en el fin de los tiempos, en su propio cadáver arrastrado corriente abajo, llegando despedazado hasta la desembocadura del mar, alimento que los peces han de rechazar) queda a oscuras bajo el crepitar de la lluvia: quiero decir de luces apagadas, ya sin fogón, sin lámparas de queroseno olvidadas hace tiempo, sin lámparas de baterías que fueron sustituidas por linternas recargables que siempre se olvidan de cargar durante las escasas horas de energía eléctrica, sin luces artificiales para sacar el cuerpo de lo oscuro y del temor atávico a la espesa noche, al sepulcro imaginado de la noche bajo la lluvia, apenas iluminada por los relámpagos, que atizan la incertidumbre del terreno que se pisa, que agranda o achica los objetos de la casa, que ya se recorre a tientas. Tal vez en alguna casa se encienda de pronto la titilante luz de un cerillo primero cuya flama encenderá el pabilo de una vela sustraída al altar, cuya luz no soportará los embates enfierecidos del viento que aúlla afuera, colándose entre las rendijas de las ventanas o los muros de tablas, metiéndoles el frío y el temor a los durmientes y a los que en vela aguardan el fin de la tempestad, asustados a cada bramido celestial, a cada sonido que se parezca a la caída de la primera roca del deslave, al primer bramido del agua al desbordarse, pródiga en troncos, roca y lodo, magnificente e imbatible. Luego viene la calma, los hombres retoman el entresueño, la duermevela que no da descanso pero alcanza para disfrazar el desasosiego, para enhebrar las horas que faltan hasta el alba, para contener el hambre que engañarán con un sorbo de café antes de partir de nuevo al monte, a limpiar la milpa, a buscar el becerro recién parido, la vaca extraviada, a mirar el cafetal cubierto por el deslave, a, enloquecidos, desesperados por no perder lo poco que se tiene, meter el cuerpo al agua para salvar los apiarios, aguantar la picadura desconcertada de las abejas y aún así perderlo casi todo.
Luego vendrá la aurora, emprender el camino a pie o en viejas camionetas hacia la rutina o el viaje o la huida. En algún recodo del camino encontrarán que no hay ya camino y descenderán de los viejos vehículos para hacer un trecho del trayecto a pie, los pies descalzos cubiertos de lodo, maltratados de piedras o guijarros pero el calzado a salvo, limpio para llegar al municipio o la capital. En otro trecho, descuidados, el conductor y los pasajeros no verán al tronco que se inclina para susurrarles algún secreto del mundo y quedarán sepultados bajo toneladas de madera y lámina de acero hasta la hora en que otro viajero o un caminante los encuentre y dé aviso a las autoridades y a los vecinos que replicarán la nueva por sus radios de frecuencia abierta y para cuando la autoridad llegue a rescatar los cuerpos, a liberar el camino, y pregunte de quién se trata, ya tengan un nombre y un apellido y una familia que les prepare el funeral, les cave una fosa para la tumba, y espere la llegada, el regreso de sus cuerpos de la misma forma, con la misma triste abúlica fatalidad con que esperan la llegada, el regreso de la lluvia.
 
junio 2022

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