Mientras subía por la escalera alcancé a ver algo sobre el enmallado. Era un tacuasín que había agarrado el castillo desnudo como alcayata. Revisé las cámaras (estaba justo debajo de una) y estaba ahí hacía al menos media hora.
Cuando bajé ví que no se movía y pensé porque siempre o casi siempre suelo pensar en la catástrofe que tal vez estuviera muerto o agonizante, ensartado en una varilla. Le arrojé algunas piedrecillas de las que no acusó recibo. Mientras lo hacía pasaron dos niños que al verlo gritaron —miralo, está bajando un zorroespina– sin apenas detenerse.
Volví a subir en busca de una varilla. Ya tenía en la cabeza el pensamiento de mover el cadáver, levantarlo y sepultarlo para que no apestara, aunque primero quería cerciorarme. Encontré un tubo de acero y desde la marquesina comencé a mover el ármex. Nada. Y no tenía ni tantitas ganas de levantar un cadáver de animal. Así que comencé a puyar al animal, primero en la cola, luego en un costado y ahí comenzó a moverse. Menos mal no ha muerto, me dije, ojalá tampoco esté lastimado, seguro lo asustaron los perros del vecino. Lo empujé un poco y al ver que se movía sin problema y sin alarma, lo dejé en paz. Abajo una de las gatas lo miraba con curiosidad.
diciembre 2022
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