En un rincón de aquella sala alcancé a ver varios ejemplares de Plenitud, la revista de AA. La misma que hace unos veinte años, después de una temporada en el anexo, Joselo comenzó a coleccionar con devoción. La misma revista que, pasado el enrabiaje y luego la dolencia joselesca por el encierro y la abstinencia obligada de alcohol, pasado el terror (inoculado en las monsergas del encierro) de contagiar el vicio del trago a los menores, me permitieron leer sin tantos reparos.
No tenía otro material de lectura en ese tiempo.
Había bibliotecas ajenas que a veces visitaba, pero la mayor parte del tiempo estaba en casa de José y Ana, y allí, además de la Revista Plenitud (con sus incontables y diversos aunque repetitivos relatos de la caída de hombres y mujeres por el tobogan vertiginoso y espinudo de la dependencia al alcohol y la siempre oportuna salvación a manos de un poder superior), lo que había para leer era el Sensacional de mercados, Relatos de presidio, Así soy y qué y otras publicaciones de ese calibre.
Me pregunto cuántas horas de mi vida pasé leyendo historias de borrachos que apenas sí recuerdo ahora.
diciembre 2022
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