Hace unos días, al amparo de unas caguamas, le contaba a un amigo de un viejo ritual para salir a la noche. Algo que solía hacer cuando aún vivía en Guerrero, y aún un poco después, en Texcoco.
La historia salió porque me preguntó si fumaba. Respondí que no y le conté que hubo un tiempo en que sin fumar compraba muchos cigarros.
Los viejos aconsejaban que al caminar la noche uno tuviera a la mano el cigarro y el mezcal para ofrecerlo a quien nos encontráramos en el camino. Una regla simple de cortesía que nos podía salvar el pellejo del espíritu.
Me explico: fui habitante de un mundo en el que convivía el culto al jaguar y la precaución a los vientos y otros seres que occidente llama espíritus chocarreros, espectros, monstruos. Lo más conocido es el nahual, pero no es lo único. Digamos que el nahual se ha insertado de cierta forma en la cultura popmex con muchas y muy libres y chabacanas interpretaciones.
Entonces, tener un cigarro a la mano, tal vez más el gesto del ofrecimiento, lo ponía a uno a salvo. Si era una persona, uno ganaba un amigo para esas horas, pero si era algo más, aseguraba su llegada con bien al puerto del amanecer.
Guardar la ropa recién lavada al caer a noche, regar sobre tierra la primer copa de mezcal al comenzar la convivencia, soplar al aire al ver un lucero, no señalarlo jamás, saber que uno puede perder la sombra, que el ayuno es necesario para ciertos trámites de vida, enterrar el cordón umbilical en casa, incontables detalles cotidianos.
Algunas veces pienso que no le ofrecí su respectivo cigarrillo al espectro del amor, y por eso me trata como me trata el cabrón.
febrero 2023
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