viernes, 28 de abril de 2023

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En mi barriga hay mandarinas y un sorbo de avena. En mis ojos hay un verdor salvaje, pero si levanto la vista hacia el oriente el paisaje desaparece entre el gris de los nubarrones.
Recorro la parcela y encuentro flores de xuco, naranjas y el rastro de alguna serpiente.
En la parte alta, una hora más tarde, miro por primera vez un tirfo en acción. Mientras el operador tensa la cadena atada al cedro, imagino las trayectorias probables de la caída. Imagino también que el árbol al caer me aplasta, o una rama alcanza a dar un coletazo que me arroje contra las abundantes rocas. No imagino más: después de fallecer ya nada importa. Estoy tan absorto que apenas alcanzo a escuchar el quejido de la madera al desprenderse de su base y el grito que da el operador mientras se aleja. Los segundos pasan tan rápido que pareciera que están en pausa.
Cuando el árbol por fin toca el suelo, mi pie resbala al pisar la hierba húmeda de lluvia y también caigo. Sé que hubo un estruendo, pero solo consigo recordar la imagen de las ramas inclinándose en mi dirección y el olor fortísimo del cedro.
 
octubre 2022

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