viernes, 28 de abril de 2023

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Desde que tengo memoria, aparecer en fotografías me causa cierto resquemor, cierta angustia de cadalso o paredón. Debe ser porque mis primeros encuentros con la lente ajena tuvieron el signo de la obligatoriedad académica primero y con la burla en espacios más mundanos digamos.
Cada inicio de curso, tomar nuevas fotografías tamaño infantil para la reinscripción significaba formarse largas horas (a mí, que carezco del tesón de la paciencia) haciendo fila afuera del único estudio fotográfico del municipio, junto a otros tantos parvulitos de mi edad, llegado el momento entrar a un cuartito oscuro que al fondo tenía colgada una tela de color indefinido que parecía terciopelo, sentarse lo más firme que pudiera, obedecer, muñeco de madera, las instrucciones del fotógrafo, levantar el mentón e inclinar la cabeza al tiempo que se aguantaba la respiración y evitaba moverme para que la placa no se revelará desenfocada, so pena de repetir el procedimiento, volver la mostrador, deslumbrado por la secuencia de luz callejera, oscuridad del estudio, luces del fotógrafo, flash de la cámara, penumbra del estudio y el sol despiadado de la calle Revolución de vuelta, volver unos días más tarde, comprobante en mano, a recoger las ocho imágenes idénticas de las que solo se usarían dos, y hasta el año que viene. En ese lapso de deslumbramientos, esperar a oír el click del obturador era tan angustiante como estar frente a un pelotón de fusilamiento: uno ya no esperaba salvarse, quería oír el disparo que le aliviara la espera.
Esa sensación me acompaña aún ahora cuando debo sacar fotos para algún trámite oficial: el INE, el banco, la licencia de conducir, el largo y sorpresivo etcétera; la sensación de que seré fusilado y fijado hasta que la erosión del tiempo borre esas imágenes me persigue aún ahora incluso en las fotos grupales de cursos o congresos, y que encima de todo, nadie se digna nunca a preguntar por mis últimas palabras o mi voluntad postrera y no pueda solicitar un caballo azabache.

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