Sueño que viajo a una ciudad del sur, que el viaje es largo. Que llego a casas en las que me oculto de mis amigos. Que salgo como un ladrón de esas casas.
En el sueño llego al pueblo de mi madre pero la casa donde vive ya no es la casa que conozco, sino una vecindad y el pueblo ya no es el pueblo en el que crecí, ahora es una ciudad que despliega sus calles ante las faldas del caos.
Apenas cruzo unas palabras con mi madre y ella recuerda que debe salir al encuentro del amor o de la muerte, pero no me dice a dónde va. En la mesa de la sala deja su celular, un celular viejísimo que no deja de timbrar en cuanto ella sale.
Después de unas horas, aburrido, salgo a mirar el barrio, que me es desconocido. Además de perros, encuentro niños sin padre jugando a la pelota, arroyos nacidos de tuberías rotas, basura y puertas cerradas; no hay ningún parque en las cercanías pero encuentro una banca donde sentarme a vigilar el paso del hastío.
Tengo el celular de mi madre en el bolsillo. Pasada la tercera noche ella aún no ha vuelto pero alguien llama a la puerta, grita su nombre y me parece reconocer la voz que llega hasta el rincón donde duermo.
Es mi hermana. Vine para invitarla a comer, me dice. Recuerdo que es jueves, le digo que también voy. Platicamos de alguna cosa intrascendente y de pronto ya no está. El ruido de una taza al romperse me devuelve a la casa: unos niños husmean en la cocina en busca de comida o de un tesoro pirata. Los ahuyento y cuando están lejos, vuelvo a la calle.
Tres días más pasan, no vuelvo a ver a mi hermana, nadie sabe nada de mi madre. Corrijo, no sé a quién preguntar por mi madre en esta ciudad extraña, no sé dónde vive mi hermana, y el celular de Leonarda sigue sonando en el fondo de mi bolsillo izquierdo.
enero 2023
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