En una curva, un auto rojo perdió el control. Desde la combi alcancé a ver el cofre abierto entre la maleza, a unos diez metros de la carretera. ¿Por qué a mí no me tocan esas desgracias?
Cuando manejando por carreteras veracruzanas me nacía el impulso de echarme a volar en alguna curva, la perra tristeza pisaba el freno y mirándome de soslayo, me decía: todavía no, hermanito, todavía no cumples tu cuota de sufrimiento. Luego soltaba la carcajada.
El libro de Alaide Ventura me tiene suspendido de las lágrimas. Toma las fibras sensibles de mi pecho, las pone como cuerdas en un violín y toca con ellas la chaconna de Bach.
A cada nota, sangro.
En Tabasco llueve. También en la sierra chiapaneca. En mi pecho hay un diluvio y una inundación con nombre de mujer.
En el camino de vuelta, leo las últimas páginas de Alaide. Se me escapa otro puñado de lágrimas.
Llegando a Torotec -así me dijo hace años un amigo que se llama este pueblo, pero no sé si mentía-, veo un perro muerto en una cuneta, cubierto de lluvia.
marzo 2023
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