Hoy también pospuse la caída de la jungla que crece en el patio.
Huyo de Ciudad Garnacha, a la que también llamo Garnachópolis; sus habitantes más viejos, sin embargo, la llaman con otro nombre cuyas sílabas pertenecen a una lengua cuyos sonidos desconocen, que ya no hablan. Una lengua que, sin embargo, yo conozco y hablo. Pero, justo es decirlo, poco a poco voy olvidando; cuando he tratado de reproducir sus sonidos en mi garganta, encuentro mi lengua atrofiada, entumida. Así las cosas.
Huyo, entonces, de Garnachópolis por unas horas. Entre incipientes huertas de ciruela recién cosechadas, perales que nadie voltea a ver y duraznos a punto de maduración, corren o lloran, hambrientos, incontables mocosos. Brotan las taquerías entre las milpas, los autobuses que mañana viajarán Ciudad de los tristes palacios empollan su aburrimiento, detrás de una loma resuenan disparos.
Antes de abandonar la terracería, una duda me asalta: ¿Es la luz o la oscuridad lo que primero llega? ¿En cuál de ellas enraiza la otra, para asomar su tallo y florecer después? ¿Es la luz el necesario cuenco donde la oscuridad se espesa, o es la oscuridad la que ilumina la llama?
junio 2020
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