Metido en lo profundo del patio, corto las ramas de esta selva breve. Los perros del vecino ladran, desconcertados: piensan en bestias salvajes que saldrán a devorar a sus amos. Un par de niños corretean tras el muro de milpas que cubre un flanco de este jardín caótico, hay un monstruo, gritan, muertos de risa; corretean mientras su madre los llama para que tomen sus alimentos. Pero no hay monstruo, sólo soy yo, rumiando la gastritis.
Esta tierra es tan húmeda que bastan unas horas para que el musgo extienda su reino por rincones insospechados. En los sitios donde la hierba crece sin control, bastan un par de minutos para que, recién abierta una brecha a machetazos, ésta vuelva a cerrarse; basta una lluvia sobre las ramas recién cortadas, para que echen raíces y crezcan más robustas, más resistentes al filo del machete. Por la mañana volveré a recoger el follaje: sólo espero que esta noche no llueva.
De vuelta en el departamento, que se encoge, termino de leer una novela policial, me olvido de los cuervos que poblaron el cielo de mi infancia, pienso en escribir a mi madre antes de que ella o yo nos mudemos, por fin, al camposanto.
junio 2020
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