Sobre la jungla derrotada, llueve. Dentro de la casa encuentro un par de cadáveres de ratón: diminutos, secos. Una lagartija vigila mi trajín por el desorden de las cosas, mi insistencia por darle un orden al polvo, pero no se anima a bajar. Mis riñones se quejan.
Apenas amaina, salgo a cortar guías de chayote para el desayuno, y pienso en las flores de izote que brotarán el año entrante. Sin una cámara a la mano, me siento como un ciego que además se olvida de las formas y los nombres de las cosas.
Al llegar al departamento, vuelve a llover. Pero en esta tierra lo extraño es ver el sol.
julio 2020
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