domingo, 23 de abril de 2023

007

 

En esta pequeña ciudad, nunca sucede nada. La madrugada comienza con balazos a la distancia, la noche se inaugura con un ruido similar. Por el libramiento, los tráilers interrumpen con su ronquido el griterío de los borrachos; desvelados, ojerosos, los gallos cantan en luna llena, o cuando súbitamente se enciende una lámpara en la calle.
El frío me mordisquea los riñones mientras ordeno cajas y espulgo archivos. En una bolsa que encuentro al fondo de una caja llena de polvo, entre viejos boletos de autobús y tickets de tiendas de autoservicio, encuentro una carta de Melya, de hace cinco años.
La carta está timbrada en Buenos Aires, ciudad que nunca recorrerán mis pasos, y además de una hoja seca, está escrita por las dos caras de la única hoja y me recuerda el inicio de los días sangrientos en una tierra que alguna vez llamé mi hogar para siempre.
Melya, fraterna y cómplice, dolida, a quien le he retirado la palabra, me llama desde una latitud extraña, con cinco años de distancia.
Cuando cierro la puerta, vuelve a llover. Cuando comienzo esta entrada, se oye la primera ráfaga de la noche.    

julio 2020

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