Es de noche, leo contra la pesadez de mis párpados. Leo una novela breve. Casi a punto de caer en las espesas profundidades del sueño, me espabilo; tengo la sensación de haber leído por horas, días enteros: apenas avancé un par de líneas sin embargo. Pero mi imaginación está desbocada, teje otra historia y me hace creer que lo he leído: esto es lo más cerca que tendré de un sueño en esta vida, lo demás serán pesadillas.
Pongo la lectura a un lado, trato de dormir y un hormigueo recorre mis talones, plumas recorren las plantas de mis pies, pero sólo quiero cerrar los ojos y despertar al día siguiente. Me revuelvo largos minutos entre la oscuridad de mi habitación, pero es en vano.
Por la mañana, B me dirá que por primera vez en su vida y después de 10 años de conocernos, soñó conmigo pero que antes ha estado a punto de morir. Yo imagino su rastro de sangre por la avenida, en las paredes de la ambulancia, en el hospital, en el camino de vuelta a casa. Pero ya no eres tan joven ni tan delgado como entonces, como en el sueño, dice, y se marcha, a los brazos del olvido.
julio 2020
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