miércoles, 26 de abril de 2023

056

 

Cerca de la medianoche, F envió algunas fotografías. Me explica de qué van, me pregunta si puedo imaginar un mundo tan antiguo.
Yo me pregunto qué será de las postales, en un mundo en el que enviar una fotografía, tomarla y enviarla a uno o cien destinatarios sin importar dónde se encuentren, no requiere más que de un celular y de unos instantes.
A más de mil quinientos kilómetros, F visita un museo y llegada la noche, cuando se deshace de sus ocupaciones, me envía una serie de postales digitales.
Esas imágenes me toman de la mano y me llevan a una ciudad polvorienta, calurosa, en la montaña. A su cine fuera del tiempo, tan viejo que incluso hace veinticinco años parecía sacado de una época hacía tiempo caduca. A las bodegas donde dormía al terminar la jornada, olorosas a frutos en proceso de descomposición y a parafina, a la palma de los petates dónde reposaba el sueño. A los días agitados de venta en la feria, a la víspera del santo, y de las pocas veces que, huyendo del sueño y del calor, pasaba la noche en vela mientras frente a mí desfilaban peregrinos cansados, mutilados mendicantes, devotos sin sueño y hordas hambrientas del escuadrón de la muerte que por esa ocasión salía de sus dominios en la ribera del Xale para festinar la comida que por una noche estaba a disposición de cualquier hambre.
 
octubre 2021

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