La lluvia siempre vuelve. Al llegar al suelo, decidida se abre paso entre potreros, carreteras mal construidas y cafetales que vieron mejores tiempos: con los hilos de sus correntales busca, afanosa, brava, el lejano lecho del río y en su carrera enfierecida arrastra consigo lodo, rocas, troncos de árboles que no alcanzaron a ser mueble, leña, o refrescante sombra, retrasa viajes, aísla moribundos de hipo crónico y separa enamorados con tisis o enemigos a muerte.
Yo atravieso un tramo de noche, bañado en agua y reposado en lodo. Pienso en la muerte posible por el beso de la nauyaca o la caída de una roca mientras Isidro hace recuento de días pasados y de la rabia que crece como mala hierba en los jardines de su pecho.
octubre 2021
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