No para de llover, sin embargo la ciudad no consigue inundarse jamás.
En la oscuridad, solitario, refulje un espejo. En ese fulgor adivino la silueta de una mujer que se ha marchado. En el fulgor el tiempo se detuvo para siempre, como una fotografía en donde la única prenda que cubre su cuerpo recién salido de la ducha, cae permanentemente, condenada a no tocar jamás el suelo, a no descubrir por completo ese cuerpo en el que se volcó el deseo y el deseo brotó de sus poros en respuesta, dando pie a la combustión de la noche.
Yo ignoro la coloración del alba, cierro los ojos, veo una calle que se abre y ensancha en dirección a la nada, veo un niño saltar la cuerda del ahorcado cuando llega el mediodía; entonces me arrojo a los acantilados oscuros de la incertidumbre y el insomnio.
septiembre 2020
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