Soñé a mi compa el chino. Que volvíamos al pueblo. Él, de incógnito, en el asiento de copiloto. Que parábamos doscientos metros antes de su casa, frente a la casa del negro y mirábamos largamente su fachada lengüeteada por el abandono sin bajar los cristales ni apagar el motor del auto. En vano esperamos que el negro o su hijo salieran a la calle, pero sabíamos que vigilaban el cochecito sin adivinar la identidad de mi acompañante ni sospechar nuestras intenciones porque desde hacía mucho tiempo los perseguía el convencimiento paranoico de que todos esperaban el momento ideal para hacer de sus personas un cadáver despreciado y despreciable, y al mismo tiempo sabían que ello, la contundencia de la palabra "todos" era acaso imposible, y respiraban un poco, sólo un poco antes que la angustia y el miedo volvieran a atenazarles la tráquea y el sosiego.
Soñé que mi compa el chino volvía al pueblo a buscar su venganza y yo era el único chófer lo suficientemente estúpido o loco o leal que aceptó llevarlo poniéndose una diana en el pecho y en la espalda desde el momento en que acepté llevarlo.
Pero no soñé mucho más, afuera, en el mundo de la vigilia, el viento rugía y azotaba los árboles y me llenaba de frío el cuerpo que se balanceaba semidesnudo sobre los hilos de la hamaca.
junio 2021
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