El día amaneció gris. Se turnaban la llovizna y la neblina para envolver la tierra. Los hombres dejaron para otro día sus labores en el cafetal, o las dejaron para más tarde. A salvo en sus casas entibiadas por el calor del fogón encendido desde la madrugada, bebían café con galletas, o plátanos asados en comales viejos como la llegada del hombre a la sierra.
Después del austero desayuno comenzó la plática. Se hablaba de linderos traspasados por terceros, de hombres que atraviesan el monte por la noche para alcanzar la venganza, de trámites interminables para obtener un documento que les hiciera dueños legales de la tierra cuando se oyó el grito lejano pero claro, atravesando los otros ruidos del magnetófono del centro, la música de algún vecino, el llanto de algún crío con hambre, el revoloteo de las aves sobre el tejado, que avisaba de un toro caído por una ladera.
Se rodó con la lluvia, dijo la voz sin rostro, vayamos a buscarlo.
En esos casos, un animal rodado, así se quiebre una pata, es sacrificado para aliviar su sufrimiento. La carne, desde luego, es aprovechada y repartida o vendida entre los vecinos, siempre que no se le hubiera aplicado ninguna clase de medicamento en los días previos.
El becerro no tendría más de un año. Estaba tendido a unos pasos del arroyo, frío como la mañana. Unos metros más arriba había envases de medicina, una jeringa. De los diez, siete u ocho regresaron a sus casas.
No habría carne ese día, ni el festín de sangre y vísceras, el espectáculo del desuello y el destace del animal que descuidado resbaló en la noche sin nadie que lo oyera bramar su dolor, muerto tras una agonía lenta como la caída lenta de la llovizna sobre los caminos.
noviembre 2021
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