En el pueblo, tras una llovizna breve, el frío comienza a afilar sus dientes.
Montado en la batea de una camioneta me pregunto si no habría sido mejor abrigarme, sacar la camisa de franela del fondo de la mochila dónde hace varios días descansa.
Poco antes de entrar en la primera curva me pregunto si el chófer sabrá controlar su vehículo sobre el pavimento húmedo, de bajada y a la velocidad que lleva, si no terminaré por soltarme de los barrotes y saldré despedido para aterrizar sobre alguna roca o en el lecho de un potrero, pero esa esa una preocupación constante.
En el horizonte que da al ocaso, los últimos reflejos del sol tiñen de rojo las nubes grises, quiero detener el mundo, el tiempo, el vehículo, alargar indefinidamente esos segundos de majestuosa belleza.
La tarde es una puerta que se abre para que entre la noche en el mundo. De su interior, mientras la luz se dispersa y yo camino hacia la casa, alcanzo a ver algunas luciérnagas errando por el monte.
diciembre 2021
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