miércoles, 26 de abril de 2023

082

 

La lluvia siempre vuelve. Torrencial arrastra consigo las cosas dormidas del monte, que inertes se entregan al frenesí de su caída; calmada y persistente, casi monótona, oscurece el día llena el aire de rumores de hojas que se inclinan, de rocas que se arrastran, de tierra que se deslava, de hierba que recién herida por el machete, se recupera y vuelve a crecer, a musgo que repta por las paredes de las casas abandonadas: nada grita, aunque grite una mujer que persigue a sus hijos para alimentarlos o darles un castigo, todo lo ensordece la llovizna interminable, ni el estruendo de los viejos vehículos al atravesar la serranía, ni el grito puesto en los altavoces, ni el mugido desesperado de las vacas que son separadas de sus crías; con la llovizna, adormecedora y gris, el aire se llena de olor a café recién hecho, a tortillas de maíz y plátanos fritos, a la limadura del acero que se afila para llenar las horas de reclusión bajo techo.
Vuelven las hormigas a edificar su casa dentro de la casa, a trepar por cada mueble, a encontrar la más insignificante de las migas de pan, el más improbable resto de comida en el más inverosímil rincón de casa, y marchan hacia el botín que les obsequia el olvido y el azar, y vuelve a comenzar la persecusión, ahuyentarlas del territorio destinado a ser guarida de hombre, decadente reducto erguido en oposición al mundo verde y salvaje que lo rodea.
 
diciembre 2021

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