Hay cosas sin embargo que no vuelven, que rehuyen el reencuentro. Que se desvanecen inasibles en la memoria. No tu nombre: el sonido de tu voz, el eco de tus pasos en cualquier hora del día, el aroma que precedía tu llegada o te hacía permanecer unos instantes más allá de tu partida. Tu rostro de aquellos días, la sensación de tu piel sobre esta carne que digo mía, el estremecimiento y el paroxismo en la mezcla delirante del dolor y el placer apenas quedar a solas con nuestra sed, con esa hambre antigua y siempre renovada, briosa.
Después de tanto tiempo, de tanta espina y tanto kilómetro puesto entre nosotros, intermediarios silenciosos de la despedida; después, ahora, recordar es inventar que tomé tu mano y mordí tu labio, que exististe. Hablar de ti, ahora, evocar ese pasado, traerlo de vuelta es un ejercicio parecido a la ficción y a la mentira. Sin pruebas palpables, sin otro argumento para esgrimir que la memoria, nada queda para darte forma en el anhelo. Pero, necio, intento una y otra vez trazar el contorno de tu silueta, de describir el trayecto de tu ropa al buscar el asidero del suelo, de tu cabellera ondulando al viento, larga y ennegrecida, con la obstinada fe de un alquimista en busca de la cuadratura del círculo o la preservación del animal extinto pero recordado del deseo.
diciembre 2021
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