Vino sin aviso, ocupó un sitio en la mesa, que casi no se usa, durmió en mi habitación. Por las mañanas, sale a mirar el cielo encapotado, oye los ladridos de los perros siempre iguales, el canto de los gallos siempre desordenado, pero aunque está al frente suyo, no sabe cómo hallar el horizonte porque su mirada está fija en días pasados y sin fecha, quiero decir que su evocación es permanente y azarosa.
Cualquier pretexto le basta, la hoja marchita de una acelga, el follaje del betabel mordiscado por alguna cochinilla, el aroma a huevos fritos con cebolla proveniente de la casa vecina para ensoñarse y aterrizar en paisajes que crecen hermosamente edulcorados en su memoria.
Y en esta casa, todo gira en torno suyo: la voz que empuño para salvarme del tedio, las horas que se descarapelan como placas de pintura o de cal abandonando las paredes de adobe del pasado. Todo me pregunto, el abandono paulatino de otra lengua como una herramienta para evitar el sitio común de la bufonada, como un acto de deserción heroicamente justificado, la larga marcha hacia la nada, la importancia de los hechos en esta caída fugaz sobre el abismo a la que estamos obligados y que nos lleva por un hueco insondable mientras hablamos de amor y de la herida que supone el fracaso de la vida y del amor, de lo vano que es incendiar las praderas del deseo, abrevar el agua de otro cuerpo, todo para apenas nada.
Vino sin aviso, sin equipaje, con los ojos desolados y cenizos, y afuera llovía como siempre, y el plomo estallaba en la boca de algún revólver, y nada sucedía en el mundo.
agosto 2020
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