En mi paladar, el fuego. Breve, envuelve mi lengua, baja por mi garganta y encalidece mi entraña. En la terraza crecen flores que no he de cosechar, hierbas de olor que perfumarán mi tumba, frutos que se marchitan al primer beso del hielo que cuaja en las madrugadas.
La casa huele a hierba santa, mi aliento a maguey cocido bajo tierra; en el fondo de mi vaso refulge el deseo por una mujer cuyo nombre recuerdo pero ya no sé nombrar.
octubre 2020
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