No diré más. No volveré a mencionarlo. Porque digo su nombre y los otros, los ajenos, entienden escaparate, marcas, menjuges; al oírlo nombrar y al mencionarlo lo despojan de sí, lo trocan estéril mercancía, vehículo cuyo motor no puede sino acercarlos al embrutecimiento abyecto o al pretendido status del que consume lo que fue marginal por el exotismo.
Ya he hecho las paces con su fuego, con su explosión en el cielo del paladar y esa sensación de agua fresca y tersa llama en la garganta.
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